yeyelo

PEDRO HENRIQUEZ UREñA Y SUS PRESENCIAS EN CUBA

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA Y SUS PRESENCIAS EN CUBA Félix Lizaso En el interesante trabajo "Hermano y Maestro", que precede la Antología de Pedro Henriquez Ureña, su hermano Max ofrece datos y fechas imprescindibles para mejor conocer los primeros pasos en las letras, como poeta y crítico, de quien llegara a ser ilustre humanista y animador de la cultura americana. Allí se nos presenta con precisión el que fue un caso de precocidad literaria, pues sus primeras composiciones poéticas corresponden a sus más tiernos años de edad. La inclinación a la crítica surge a poco, y según recuerda Max, uno "de los primeros esbozos de Pedro fue un comentario en una velada infantil celebrada durante la estancia de la familia en Puerto Plata, sobre una "conocida composición poética de Gutiérrez Nájera, 'La Serenata de Schubert' ". El comentario y la crítica llegaron a ser frecuentes, especialmente en las reuniones de la casa de las hermanas Feltz, un centro de lecturas y de vida intelectual. En el ensayo, a manera de dedicatoria, que figura en su libro Horas de Estudio, "A Leonor M. Feltz, en Santo Domingo", el autor dejó registrado ese feliz período de su adolescencia: ¡Qué multitud de libros recorrimos durante el año en que concurrí a vuestra casa, y, sobre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto, sin olvidar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releíamos casi entero), a los maestros españoles, nos guió a recorrer la poesía castellana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes del romanticismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D’Annunzio, los dramas de Hauptman y de Sudermann, la literatura escandinava reciente y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones. Esta página, escrita en México en octubre de 1909, es como el resumen de un momento culminante de su formación, aquel en que el ensayista y el humanista se revelan y emprenden el camino de su futura dedicación. Los vaivenes políticos y revolucionarios juegan papel importante en la vida familiar. En 1901, cuando Pedro sólo tenía 17 años de edad, su padre lo envía a New York, junto con su hermano mayor Fran, para que cursara estudios universitarios. Pero al año siguiente ambos tienen que trabajar como empleados de comercio, pues la revolución de 1902 derriba al gobierno, obliga al padre a trasladarse a Cuba y finalmente se establece como médico en Santiago, donde en 1904 se le junta Max. En ese mismo año Pedro y Fran se trasladan a La Habana, y aquí, por recomendación del generalísimo Máximo Gómez, dominicano de nacimiento, obtienen empleo en una casa de comercio. Pedro y Max, en sus tempranos años de Santo Domingo, sintieron la obsesión de los periódicos literarios. Y manuscritas aparecieron sus primeras hojas, dedicadas a ser leídas en el círculo familiar. Max fundó La Tarde, que cambió después por El Faro Literario. Y más tarde fundó El Ideal, revista literaria que imprimía con otros compañeros. Pedro "echó a la circulación otra hojita, también hebdomadaria, que bautizó La Patria, y en ella aparecieron reproducciones de nuestros poetas con comentarios suyos, que acaso fueran la primera manifestación de sus futuras dotes de crítico y ensayista". Fran, por su parte, aparecía dirigiendo El Ibis. Esa inclinación resurgió cuando Max vino a residir con su padre en Santiago de Cuba, al fundar y dirigir Cuba Literaria, revista de la cual, según nos dice, a más de colaborador, Pedro era, en realidad, codirector. En ella aparecieron sus primeros trabajos publicados en Cuba, los que, según afirma su hermano Max, mejor lo dieron a conocer como crítico y ensayista, entre ellos los estudios sobre Rodó y D'Annunzio. No se conoce con exactitud la fecha ñeque Pedro Henríquez Ureña llegó a Cuba en el año en el año 1904, debió ser en los meses finales. Los artículos "D'Annunzio el poeta" y "Ariel", que Max publicó en Cuba Literaria, tienen las fechas 1908 y 1904, respectivamente, y seguramente fueron escritos antes de su llegada, así los dedicados a "Bernard Shaw", "Richard Strauss y sus poemas tonales" y "La ópera italiana", uno figuran en su primer libro Ensayos críticos, publicado en la Habana a fines de 1905. En el trabajo sobre Bernard Shaw, una cita de Varona hace suponer que el trabajo pudo haberse escrito en La Habana. Todos los demás que integran el libro llevan la fecha de 1905, y aunque el autor hubiera utilizado para su redacción borradores traídos de Santo Do mingo y Nueva York, con seguridad la forma última en que los publicó, fue aquí donde se la impuso. Y uno de los artículos, "El modernismo en la poesía cubana", fue concebido y escrito en contacto directo con nuestro medio literario. Ensayos críticos contiene, en germen, muchas de las direcciones de la dedicación literaria del maestro. Su inclinación a la literatura inglesa está presente en sus tres ensayos sobre Oscar Wilde, Arthur Wing Pinero y Bernard Shaw; el crítico literario aparece en sus artículos sobre Rubén Darío, Rodó, José Joaquín Pérez, D'Annunzio y el trabajo sobre el modernismo en nuestra poesía. También apunta su interés por el pensamiento en América, al estudiar las aportaciones a la Sociología del dominicano Hostos y del cubano Enrique Lluria, y su afición a los temas musicales. Su penetración en muchos de esos estudios le lleva a adelantarse en sus juicios no sólo a otros críticos de nuestra América, sino de la misma Francia. Así podemos leer hoy, cincuenta años después de haber sido escrito, su opinión sobre Bernard Shaw, sorprendiéndonos su claridad de visión y de juicio: Bernard Shaw es quizás la más curiosa proyección del espíritu céltico sobre las letras anglosajonas. Como humorista, pertenece por entero al mundo inglés y sólo dentro de éste se le apreciará plenamente; como pensador, se ha adelantado a su público y le ha asombrado con sus extravagancias de fumista literario, que contrastan con la seriedad de su carácter y de su vida privada. Paradoja viviente, se le llama: un devoto de Schopenhauer y de Nietzsche que, en el caso, se desprendería de su último centavo para dar de comer al hambriento. Dos de sus trabajos de esta época, los consagrados a Darío y a Rodó, nos sirven también para apuntar su sagacidad crítica, pues además de ser trabajos de los veinte años, tanto la obra de Darío como la de Rodó aun eran poco conocidas cuando tales artículos se escribieron. La carta que Rodó le dirigió al recibir el volumen, fechada en 20 de febrero de 1906, adelanta juicio de mucha estimación sobre sus disposiciones intelectuales: Agradézcole su libro y su juicio porque revelan un espíritu levantado sobre el nivel de la mediocridad, y porque veo en Ud. un verdadero escritor, una hermosa promesa para nuestra crítica americana, tan necesitada de sangre nueva que la reanime. Me agradan mucho las cualidades de espíritu que Ud. manifiesta en cada una de las páginas de su obra, y que son las menos comunes, y las más oportunas y fecundas, con relación al carácter de nuestra literatura. Me agradan la solidez y ecuanimidad de su criterio, la reflexiva seriedad que da el tono de su pensamiento, lo concienzudo de sus análisis y juicios, la limpidez y precisión de su estilo. Me encanta esa rara y felicísima unión del entusiasmo y la moderación reflexiva que se da en Ud. como en pocos. Y me complace reconocer, entre su espíritu y el mío, más de una íntima afinidad y más de una estrecha simpatía de ideas. Ensayos críticos tuvo excelente acogida, y fue el mensaje de ese libro el que dio a conocer al autor ventajosamente en América. Pero no fue sólo esa publicación la que dejó huella imborrable de este primer paso del escritor por nuestra tierra. Su hermano Max, que, como ya vimos, había fundado en Santiago de Cuba la revista Cuba Literaria; suspendió su publicación y vino a residir a la Capital, entrando a formar parte de la redacción del periódico La Discusión y del semanario El Fígaro. Juntos pasaron algunos meses en La Habana en ese año de 1905, y El Fígaro saludó la presencia de Max en su número de 5 de marzo, en nota al pie de su retrato. En cuanto a Pedro, sus colaboraciones en La Discusión fueron varias: "Los dramas de Pinero", "Tendencias de la poesía cubana", "Martí escritor", entre las que hemos hallado en ese año de 1905. Siguiendo el itinerario marcado por Max, sabemos que no duró mucho la estancia de Pedro en Cuba, pues había decidido emprender viaje a México, para donde embarcó a principios de 1906. En total, poco más de un año de duración tuvo esta permanencia, pero dejó impresión señalada en su vida de escritor. No sólo aquí publicó su primer libro, sino que tomó el rumbo de México, donde tendría reservado una altísima misión: la de contribuir de modo poderoso a la formación de una nueva conciencia literaria, artística y cultural, y a preparar el terreno para los cambios que ya los tiempos hacían presentir. Alfonso Reyes, testigo de mayor excepción, pudo decir, en la evocación que escribió al tener noticia de su muerte: Pedro, el apostólico Pedro, representa en nuestra época, con títulos indiscutibles, aquellas misiones de redención por la cultura y la armonía entre los espíritus, que en Europa se cobijan bajo el nombre de Erasmo, y en América bajo el de ese gran civilizador, peregrino del justo saber y el justo pensar, que fue Andrés Bello. Y al reclamar como propio el derecho de llorarlo, termina así su evocación: Aquí fundó su hogar. Y al cabo, nos ayudó a entender y, por mucho, a descubrir a México. Nuestro país era siempre el plano de fondo de su paisaje vital, la alusión secreta y constante de todas sus meditaciones. México fue para él la tierra firme en que asentó su vida y su campo de observación y de batalla, por los ideales de América. Y para México fue, como lo llamó con acierto Daniel Cosío Villegas, "el hermano definidor". Si su primera estancia en Cuba se señaló con la publicación de su primer libro, la primera de México, que comprendió casi seis años, se coronó con una obra allí compuesta en su totalidad, y que apareció publicada en París en las ediciones de la casa Ollendorff, en 1910. La gran labor que en esa primera década del siglo le tocó realizar, en un momento en que fermentaban los nuevos impulsos y existía como una fiebre en la juventud que buscaba afanosamente un camino que ya presentía, —cuando surgían los nombres que después habrían de ser gloriosos de Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, y algunos más—, Pedro Henríquez Ureña, con ser de edad semejante a la de sus compañeros, se les había adelantado con aquella precocidad sorprendente que siempre se le reconoció. Y así fue en buena medida el guiador, el consejero, el mentor de aquel grupo. Su participación en todos los empeños juveniles que dieron al movimiento renovador de México el altísimo sentido e impulso que en buena parte fue un anticipo de la revolución mexicana, serán objeto de merecido estudio en este número. Sólo vamos a señalar ahora, por la resonancia que tuvo en Cuba, el encargo honroso de que fue objeto por parte del gobierno de México, el que al aproximarse la oportunidad del Centenario de su Independencia —15 de septiembre de 1910— resolvió publicar una Antología de Poetas Mexicanos, y para realizar tal empeño designó al poeta Luis G. Urbina “y al joven y ya ilustre crítico dominicano Pedro Henríquez Ureña, residente en México desde hace algunos años”, como rezaba la nota que El Fígaro de La Habana insertó en su edición de 9 de enero de 1910, ilustrada con una "máscara" que firmaba Alberto Garduño. * Horas de estudio fue su consagración, no sólo en América niño aun en España. Y lo confirma la carta que en 23 de noviembre del mismo año en que dicha obra apareció, hubo de dirigir al joven maestro el eminente crítico y literato don Marcelino Menéndez y Pelayo, y que El Fígaro de La Habana tuvo el privilegio de publicar poco después, en su número correspondiente al primero de enero de 1911. Es de suponer que esa su carta, el reconocimiento más rotundo de una “exquisita educación intelectual comenzada desde la infancia y robustecida con el trato de los mejores libros”, la dio a conocer el propio Pedro, enviándola desde México, como un anticipo de su próxima visita. Pero lo cierto es que se encontraba en La Habana a principios de ese año, y pudo asistir a

Hay 6729 palabras más en este escrito, para seguir leyendo debe identificarse

Elija una cuenta para acceder al contenido completo

Cuenta de Ymipollo
Hola


Reacciones


Debe estar identificado para ver los comentarios o dejar uno.

Entrar a Ymipollo

¿ping? ¡pong! Ymipollo © ¿ping? ¡pong 1!