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PEDRO HENRIQUEZ UREñA: 1884-1946 VIDA Y OBRA. UN RESUMEN

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA 1884—1946 VIDA Y OBRA. UN RESUMEN José Luis Martínez   El centenario y la recopilación de los estudios mexicanos Pedro Henríquez Ureña, el maestro dominicano cuyo centenario se conmemora, contribuyó con generosidad y lucidez a la formación de la cultura moderna de México y es un escritor cuya obra en conjunto tiene un valor excepcional como visión orgánica de la cultura hispanoamericana. Para honrar su memoria y acercarnos al conocimiento de su obra y aumentar el de nuestra propia cultura, el presente volumen recoge los estudios que escribió Henríquez Ureña sobre temas mexicanos: letras coloniales, literatura de la época de Independencia, crónicas de la empresa ateneísta, notas sobre escritores y artistas e instituciones y estudios sobre el español y el folklore de México. Con esta recopilación —en la que se han excluido las numerosas referencias a personalidades y obras mexicanas que hay en sus obras generales: Corrientes literarias en la América hispánica (1945) e Historia de la cultura en la América hispánica (1947) — queda integrado lo principal de este sector importante en la obra de Henríquez Ureña, y se rescata de la dispersión lo mucho y valioso que el maestro dominicano escribió sobre cosas de nuestro país que fue también suyo. Años de formación El 29 de junio de 1884, día de San Pedro, nació en Santo Domingo, capital de la República Dominicana, Pedro Nicolás Federico, segundo hijo de Francisco Henríquez y Carvajal y de Salomé Ureña. El padre, médico de profesión, sería Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente de la República, y dio a Pedro su espíritu cívico y su inclinación científica. Las letras le venían de su madre, poetisa y educadora, discípula de Eugenio María de Hostos y fundadora del Instituto de Señoritas, que fue considerada en Santo Domingo la personalidad sobresaliente de la literatura de su tiempo. La intuición maternal de Salomé Ureña de Henríquez advirtió, desde la niñez de Pedro, su gravedad y su intensa vocación por el estudio y, cuando su hijo contaba seis años, le escribió este vaticinio de conmovedora ternura: Mi Pedro no es soldado; no ambiciona de César ni Alejandro los laureles; si a sus sienes aguarda una corona, la hallará del estudio en los vergeles. ¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos algo de serio que a pensar inclina. Nunca la guerra le inspiró sus fuegos: la fuerza del progreso lo domina. ¡Hijo del siglo, para el bien creado, la fiebre de la vida lo sacude; busca la luz, como el insecto alado, y en sus fulgores a inundarse acude. Amante de la Patria y entusiasta, el escudo conoce, en él se huelga, y de una caña que transforma en asta, el cruzado pendón trémulo cuelga. El 6 de marzo de 1897 muere de tuberculosis la poetisa Salomé Ureña. Lo último que escribió fueron dos estrofas más para completar el poema de 1890. Así es mi Pedro, generoso y bueno; todo lo grande le merece culto; entre el ruido del mundo irá sereno, que lleva de virtud germen oculto. Cuando sacude su infantil cabeza el pensamiento que le infunde brío, estalla en bendiciones mi terneza y digo al porvenir: ¡Te lo confío! Años más tarde, en 1901 su padre viaja a los Estados Unidos comisionado por su gobierno y lleva con él a sus hijos Francisco, Pedro y Max —los dos últimos acaban de graduarse de bachilleres. Viven en Nueva York e inician estudios en la Universidad de Columbia. Pero al año siguiente, don Francisco tiene que regresar a Santo Domingo y los muchachos deciden seguir en Nueva York sosteniéndose por su propia cuenta. Francisco y Pedro toman un curso comercial y Pedro logra obtener un duro trabajo como oficinista, Max es pianista en un restaurante. A pesar del rigor del trabajo, Pedro sigue asistiendo a conciertos, óperas y teatros, lee en las bibliotecas públicas y comienza a escribir crónicas y poesías. En marzo de 1904 volverán los hermanos a La Habana, adonde se había trasladado su padre. Gracias a sus años estadounidenses dominó el inglés, que escribirá corrientemente, y en su educación dominicana y posteriormente había aprendido latín, tenía nociones de griego y sabía francés e italiano. En 1905 se publica en La Habana el primer libro de Pedro Henríquez Ureña, Ensayos críticos, con estudios que habían aparecido, en su mayor parte, en Cuba Literaria, la revista que dirigía Max en Santiago de Cuba. Sus temas son letras europeas (D’Annunzio, Wilde, Shaw), letras americanas (Ariel de Rodó, Hostos, Lluria) y tres ensayos sobre ópera. El maestro uruguayo José Enrique Rodó saluda la aparición del primer libro del joven dominicano. Primera estancia en México: 1906—1914 En busca de aires más amplios y afines, a los veintidós años, el 7 de enero de 1906 viaja a México donde permanecerá ocho años, los más fértiles de su vida. Después de algunos meses en el puerto de Veracruz, donde trabaja como periodista, en abril o mayo llega a la ciudad de México. Aquí es redactor de El Imparcial y de El Diario, periódicos en que trabaja hasta 1907. Pronto conoce a Jesús E. Valenzuela, director de la Revista Moderna de México, y al grupo modernista: Luis G. Urbina, Marcelino Dávalos, José Juan Tablada, Jesús Urueta, Efrén Rebolledo, y a los artistas: Julio Ruelas, Roberto Montenegro, Jesús F. Contreras, Manuel M. Ponce, y hacia el mes de junio comienza a colaborar en la revista. Al mismo tiempo, se relaciona con los jóvenes que entonces publicaban Savia Moderna y comenzaban a abrirse paso: Antonio Caso, Luis Castillo Ledón, Alfonso Cravioto, Jesús L. Acevedo, Ricardo Gómez Robelo y Alfonso Reyes. Ellos, a los que luego se unirán José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri, serán su propia generación literaria. Al contacto con este grupo, cuyos miembros contaban edades cercanas a la suya —con excepción de los benjamines Reyes y Torri, cinco años menores—, se despierta en Henríquez Ureña la vocación de maestro y promotor de cultura. Y a pesar de que debe cumplir trabajos venales para subsistir (redacción de periódicos y luego empleo en una compañia de seguros), va constituyendo, con el apoyo principal del filósofo Antonio Caso, un núcleo que trabaja activamente en su formación intelectual. Los incita a estudios y lecturas más amplios y exigentes, guía sus vocaciones, corrige sus trabajos, abre sus horizontes y les infunde una norma de rigor, precisión y claridad en sus trabajos y austeridad en sus vidas. Los persuade también de los beneficios del trabajo en equipo, que se manifestará sobre todo en las series de lecturas y comentarios de textos clásicos y de filósofos modernos, y poco después, con la organización de conferencias y otras actividades públicas. Todo ello, marcará una honda huella en la cultura mexicana. Son los “días alcióneos”. En 1907 Henríquez Ureña y Acevedo constituyen la Sociedad de Conferencias que organizará dos ciclos. En el primero, de este año, se ofrecen seis conferencias en el Casino de Santa María, a cargo de Cravioto, Caso, Rubén Valenti, Acevedo, Gómez Robelo y Henríquez Ureña, este último sobre la poesía de Gabriel y Galán. En el segundo, de febrero de 1908, la Sociedad ofrece cuatro conferencias más en el Conservatorio Nacional, a cargo de Caso, Max Henríquez Ureña, Genaro Fernández Mac Gregor e Isidro Fabela. El 22 de mayo Henríquez Ureña organiza un homenaje al educador Gabino Barreda, en el que dice una alocución en el acto de la Preparatoria. Y por la noche en la ceremonia del Teatro Arbeu, Justo Sierra pronuncia un “Panegírico de Barreda”. Asiste el presidente Porfirio Díaz. A principios de 1909 Henríquez Ureña publica en la Revista Moderna su esbozo trágico a la manera antigua “El nacimiento de Dionisos” e inicia sus estudios sobre cuestiones métricas. Y el 28 de octubre se constituye el Ateneo de la Juventud, “invención de Caso” dirá Henríquez Ureña, con 32 socios numerarios y 8 correspondientes. En la primera directiva Antonio Caso es el presidente y Pedro Henríquez Ureña el secretario de correspondencia. Además del antiguo grupo, son socios del Ateneo José Vasconcelos, Carlos González Peña, Martín Luis Guzmán y Julio Torri. El Ateneo de la Juventud —que luego se llamaría Ateneo de México— sólo llegó a organizar dos series de conferencias. La más conocida y famosa, y la única que llegó a imprimirse, la de 1910, ofreció seis conferencias, en agosto y septiembre de este año del Centenario, a cargo de Caso, Reyes, Henríquez Ureña, González Peña, José Escofet y Vasconcelos. La de Pedro expuso “La obra de José Enrique Rodo”. En este mismo año, bajo la dirección de Justo Sierra y colaborando con Luis G. Urbina y Nicolás Rangel, Henríquez Ureña trabaja en la preparación de los dos volúmenes de la Antología del Centenario (1910). Escribe introducciones a once escritores, una nota sobre el siglo XVIII y el “índice biográfico de la época”. Y también en 1910 aparece su segundo libro, Horas de estudio (París, Ollendorff, 1910) formado por las siguientes secciones: Cuestiones filosóficas, Literatura española y americana, De mi patria y Varia. De abril a junio de 1911 viaja a Santo Domingo, con escalas en La Habana para ver a Max, y en Santiago de Cuba para ver a su padre. Al volver a México es profesor de la Escuela de Altos Estudios, recién fundada, y oficial mayor de la secretaría de la Universidad Nacional. A partir de noviembre de 1910, México se transformó profundamente: fue derrocado el porfiriato que parecía eterno, triunfó la revolución maderista y, por un breve lapso, antes del cuartelazo huertista de febrero de 1913, el país se abrió a nuevos aires de libertad y democracia. Para responder a ellas, el Ateneo de la Juventud decidió convertirse en Universidad Popular, un intento generoso para difundir en barrios y centros de trabajo nocionés elementales. Cuando sobrevino la desorganización del país con el huertismo y la presión creciente de la revolución constitucionalista, Henríquez Ureña —que además de pragmático veía el porvenir de los estudios universitarios— se preocupó especialmente por la renovación de los cuadros de profesores, en la Preparatoria,

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