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Una historia de aros y anillos.

Ayer revisando unos documentos en casa encontré en un cajón de mi estudio el aro que alguna vez mi ex esposa me puso en el dedo anular de la mano derecha cuando tuvimos la genial idea de unir nuestras vidas para siempre aunque ese para siempre duró poco menos de 5 años. Extraño objeto. Oro macizo, sin marcas aparentes. Un aro perfecto con una inscripción interna: nuestras iniciales y la fecha de bodas. Nada espectacular supongo, la tradición occidental en su máxima expresión. =mas= Como era esa frase del señor de los anillos? Un Anillo para gobernarlos a todos, Un Anillo para encontrarlos, Un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a la oscuridad Supongo que todos aquellos divorciados que encontramos nuestros aros de matrimonio entendemos esa parte de “ y atarlos a la oscuridad” perfectamente. El matrimonio, con todas las cosas buenas que tiene, puede convertirse en un nudo que te ata no se si a la oscuridad, pero si a la desesperación o frustración si no lo sabes llevar. Pero supongo que eso ya muchos lo han contado así que pasemos mejor al aro. Pues estaba allí, en ese cajón, debajo de algunas facturas pasadas y un libro a medio leer. Frío y olvidado, como cualquier otro objeto que se guarda por que no se quiere botar. Por un momento lo vi y sonreí. Mas allá del valor emocional que pueda tener este tipo de objetos, este tipo de alianzas no son baratas. No voy a decirles cuanto costaron las que mi ex y yo usamos (por que entre otras cosas, no las compré yo si no mis suegros) pero pueden imaginar que no son baratas. Recordé mientras veía el aro que antes que ambos tomáramos la decisión de casarnos hubo otro objeto que adornaba el dedo de mi ex, y no era precisamente una uña pintada, si no que era el anillo de compromiso. A diferencia del aro de matrimonio, el anillo de compromiso era mucho mas delgado, menos ostentoso,

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